Friday, February 19, 2010

Bitácora Caminante - Tailandia, Parte V

15/02/06
Bangkok

Si el final es en donde partí

Se termina una etapa, hay un cruce de caminos y los viajeros eligen o sufren sus destinos. Unos vuelven, otros van, otros siguen viajando.
Dejan su marca, los viajeros, así como los lugares los marcan a ellos también; algunas marcas son solo un recuerdo, otras se llevan en la piel, algunas se vuelcan en un papel.
En mi caso, un primer amor de verano a los 25, lugares y gente que nunca olvidaré, eso me llevo conmigo. Éste ha de ser mi más exótico e intenso viaje hasta el día de hoy. Gracias a lo que en él he vivido, he tomado grandes decisiones. He aprendido grandes lecciones.
Mientras escribo, hoy, pienso mucho en otro viaje, uno más extenso. Sin fechas, sin límites, sin planes. Un viaje que me permita estar conmigo mismo mucho tiempo, llegar a mis extremos, ver de qué estoy hecho. Se me viene a la mente una frase: no hay peor prisionero que aquél que construye su propia prisión. Pero ese ya es otro tema.

Cuando se acerca el final de una era o período, es normal realizar una búsqueda en los recovecos de la memoria con el fin de encontrar aquellos momentos pasados y proyectarlos cual película, "revivirlos", para el regocijo de mente y alma. Mucho se me presenta ante los ojos en este preciso instante. Algunas de esas memorias parecen más que un recuerdo, casi que puedo estirar mi mano y tocarlas, como si estuvieran pasando ahora mismo. Sin dudas que hay uno de esos recuerdos, tan fresco, que es casi el más recurrente.
La voy a extrañar a la rubia, que con su constante inseguridad y falta de determinación me hizo más hombre. Resulta más fácil ver los defectos propios reflejados en otra gente, se tornan más reconocibles y uno es capaz de aceptarlos con mayor facilidad. Ella se cuestiona constentemente, duda por todo; y eso me hizo ver las dudas con las que yo cargué por tanto tiempo. Dudas que se van disipando a medida que uno aprende que hay una sola manera de pisar el suelo: con firmeza. Yo la quiero y le agradezco por que me hizo verme a mi mismo; ese pequeño-gran angelito de pelo rubio y ojos claros, que apareció para enseñarme que se puede amar. Incluso en un corto período de tiempo, si ese amor es mutuo y es verdadero, durará para siempre.

Y, entonces, así como escribí las primeras líneas de esta epopeya literaria sentado en este preciso lugar, me encuentro hoy, una vez más, volcando mi alma en este pedazo de papel. Ya no sé lo que escribir, como darle un final a esto que comencé. ¿Qué puedo decir, en tal caso, después de un mes como el que viví? ¿Que la pasé bien? ¿Que me sentí libre? ¿Que todo lo que deseé se cumplió?...
Las palabras salen a los tropezones, se vuelven torpes tratando de traducir las imágenes y los sentimientos que hay dentro de mí, a un lenguaje que sea entendible para todos. Habrá tan solo unos pocos que no necesiten de una ayuda o manual: aquellos que estuvieron aquí. Como Hernán. El resto tendrá que conformarse con una anécdota, aquí o allá, cuando esta nazca de forma natural.

Mi bisabuelo dice que la única manera de nunca olvidar es hablando. Siempre. Yo concuerdo, pero hay un detalle: hay vivencias que, al contarlas, uno va perdiendo de ellas un poquito. Cuando se comparte, se regala un pedacito de esa memoria. Y hay cosas que fueron vividas para compartirlas, y otras que no. Pero siempre tuve esa necesidad, tan humana, tan disfrutable como dolorosa a veces, tan inevitablemente mía, de comunicar. Seguramente, por eso escribo.
Gracias, vida, porque soy quien soy hoy!

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