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Saturday, December 26, 2009

Bitácora Caminante - Tailandia, Parte III

22/01/06
Chiang Mai

Mario, el Rey de La Selva

La selva tailandesa resultó ser una experiencia increíble. Luego de tres días y dos noches bien intensos, reposo ahora en Chiang Mai, en el mismo cuarto que habitamos antes de partir.
Así como la incomparable Madre Naturaleza (y el turismo) sabe proveer a los nativos Lahú con todo lo que ellos precisan para su supervivencia; supo también convidarme a mí un trago de todo lo que mi cuerpo y alma andaban necesitando.

Una vez fuimos acercados en camioneta, allí en donde todo se torna verde, y luego de una apetitosa comida a base de arroz, huevo, vegetales y especias; se dio puntapié inicial a una caminata hacia la montaña selvática. La misma duró unas tres horas hasta que llegamos a la primer aldea Lahú, tribu de alta montaña. Primero hubo un tiempo de relajación y reconocimiento del lugar, en el cual vivían alrededor de 6 ó 7 familias. Tenían suficientes recursos, como gallinas, cerdos, cebúes, así como cultivos propios de todo tipo. Además, contaban con casas construídas a cierta altura del piso, debido a que en la temporada de lluvias, el monzón sabe ser duradero. Una de dichas construcciones, todas hechas de madera y bambú, con gran firmeza, era la que nos albergaría aquella primer noche. Luego de una ducha helada y rejuveneciente, nos preparamos para otra comida sana y llenadera. Buena onda entre la gente del grupo, un lugar sin palabras que alcanzaran para describirlo y un cielo repleto de estrellas, prometían una velada para celebrar. James "like James Bond" ya realizaba las averiguaciones, frustradas momentáneamente, mientras que la noche se nos fue, mansa y tranquila entre chistes y juegos de ingenio en inglés, y un licor de arroz que provocaba muecas a quien lo bebía y sonrisas en quienes lo veían. Antes que la fogata se extinguiera, los niños de la aldea, todos vestidos acorde, nos regalaron una canción que no necesitó de traducción alguna.
En la selva, se viven otros tiempos, otros horarios. Los días comienzan y terminan más temprano, ya que la productividad de la jornada va de la mano de los rayos del sol. Por la noche la gente come, toma, descansa, se relaja. Y deja que la vida nocturna de los ruidos, las sombras y los predadores, se apodere de un silencio que no es.

El segundo día comenzó con otra caminata corta hacia una aldea más, en la cual hubo una pequeña parada antes de seguir camino a una cascada alucinante, en la cual estuvimos al rededor de tres horas. Allí decidimos con Roy que eran el momento y el lugar perfectos para estirar nuestras neuronas por vez primera en suelo tailandés. Dicen los que saben, que los regalos de esta Tierra saben aun mejor cuando son degustados en el propio suelo que les vió nacer. Y así fue que, con cada paso que tomábamos, subía el gustito.
Con el sabor aun en nuestro paladar, y con la belleza de la naturaleza magna todo en derredor, emprendimos camino, una vez más, rumbo a una tercer aldea -mucho más pequeña esta que las dos anteriores. Nuevamente ducha helada y un poco de meditación con Roy en el Jardín Verde, antes de la ya estipulada y suculenta cena tempranera. El fogón que le sucedió fue mucho más integrador que el de la noche anterior, con más juegos de ingenio, esta vez, saboteados por la degustación masiva, de la cual el único que no tomó parte y que, además, adaptó actitud botonesca al respecto, fue Dennis, el padre de Ian. Para cuando llegó la retirada masiva a las bolsas de dormir, ya hacía bastante frío.

El tercer y último día tuvo lo mejor. Luego de la vespertina elongación de neuronas, nos fuimos a dar un paseo en elefante. A Roy y a mí nos tocó el más joven de la manada y, por lo tanto, el más rebelde también. Por momentos, el animal se retobaba y no obedecía a quien con ayuda de un palito -sin golpearlo- le marcaba el camino. Le gustaba ir por el borde del camino, como amenazando "en cualquiera de estas curvas, los tiro, humanos botones". Durante una parte del trayecto, me bajé del asiento en su lomo con el cual nos transportaba, y me ubiqué en su hocico, que era la manera en que los locales montaban a las admirables bestias.
Es increíble como estos gigantes de la naturaleza se mueven por caminos tan pequeños, a ritmo lento pero seguro, sin dar un paso en falso. Y, si quieren, pueden bien acelerarlo.
Al terminar el paseo, de aproximádamente una hora, le pedimos perdón a nuestro pequeño-gran amigo, acariciándolo y alimentándolo con unas bananas. Le dimos las gracias y nos disculpamos si es que le habíamos causado algún inconveniente.

Inmediatamente luego nos calzamos el casco y salvavidas, para disfrutar del plato fuerte de la mañana: boat raffting. La adrenalina fue tal que casi no nos dimos cuenta que al minuto de comenzar, Simon ya estaba en el agua. Roy y yo íbamos adelante, de donde era más fácil caer al agua, pero con los pies bien sujetados con el gomón, le dimos fuerte y padeleamos hasta que el inglés consiguió subirse. A partir de ahí y a base de puro huevo, más el aliento constante del capitán de la embarcación, terminamos primeros de tres. Dolor de brazos.
Y, después de la excitación, una vez más a relajarse con el avance tranquilo del bambú raffting. Hubo tiempo para una comida más antes de regresar a Chiang Mai. Ah, y también de ver a un local desnudo gritando y buscando algo dentro del agua.

Sunday, December 13, 2009

Bitácora Caminante - Tailandia, Parte II

19/01/06
De  Bangkok a Chiang Mai

El Tren de la SELVAción

Estoy en el tren. Y está bien. Ya puedo sentir como, a medida que nos alejamos de Bangkok, el aire se purifica y las sonrisas se expanden.
Unas pibas israelíes, que decididamente están planificando "engancharse" a nosotros, por la pura conveniencia de no andar solas por los caminos de un país desconocido (qué mejor que eso, me pregunto yo), no paran de quejarse. Se quejaron tanto y de tanto, que ya no recuerdo de qué ni porqué. Yo pensé, en voz alta, un bus cómodo y con aire acondicionado puedo tomármelo en cualquier lado, y, a grandes rasgos, será la misma experiencia; pero cuántas veces podré subirme a un tren tailandés, en el que viaja la gente local. Un tren que me lleva de la jungla de cemento a la jungla real...

Me desperté antes de dormirme y observé largo rato el semi selvático amanecer desde la ventana , en el improvisado cuarto de una noche, gracias a un catre que se despliega de la pared del tren, cerrandosé del otro lado con una cortinita verde, como el paisaje afuera. No estoy cansado; por el contrario, ver tanta vegetación y simpleza me rejuvenece.
El sol sigue subiendo. No hay respiracion que no sea profunda, dice Roy. Y, a medida que el tren avanza en su ininterrumpido camino al Norte, un pibe local de unos 18 ó 19 años como mucho, nos ofrece desayunar un típico desayuno yanqui. Él no habla inglés, a excepción de las palabras clave indispensables para su cometido (breakfast, beer). Pero, pese a la falta de habilidad para los idiomas, es de admirar la dedicación y el empeño que pone este muchacho en su trabajo. Su amabilidad y sonrisa incorruptibles lo transforman en un personaje apacible y muy querible que, más allá de la incomunicación, pasa con nosotros un buen rato. Y hasta se divierte con mi musica.

Al despedirse, me quedé pensando en que es la gente como él la que hace al mundo girar. Sin su aporte, fundamental, el viaje no habría sido el mismo. El mundo necesita menos políticos, y más gente como él.



20/01/06
Chiang Mai

Tranquilidad y preparación

Chiang Mai resultó ser un lugar mu tranquilo, una especie de parada obligada para quienes planean adentrarse en la selva. Decididamente empezamos a ver más sonrisas, tal como lo predijo nuestro amigo Song Phong, a quien conocimos días antes en Bangkok, cuando éste rezaba en un templo budista. Parece ser que, como en todo país, al alejarse uno de la capital comienza a sentirse mejor.
Así fue que decidimos emprender una aventura de 3 días de trecking en la selva, para la cual nos unimos a un numero de gente, del cual nos dividieron en dos grupos. Cosa del camino, nos separaron de las dos pibas israelíes que veían en nosotros la seguridad que ellas no tenían.
Saldremos con una pareja de ingleses, dos primos yanquis, un padre e hijo canadienses, una pareja de australianos y otros dos ingleses. Nuestro guía es James "like James Bond", como él mismo nos dice.